En mis talleres no me canso de hablar de lo importante que es introducir diálogo en nuestros relatos o novelas. Los beneficios de hacer hablar a los personajes son tantos que podría escribir 10 posts sobre este tema (y quizá lo haga). Me he encontrado, también, que es uno de los recursos que a la gente suele parecerle más difícil escribir, y por eso muchas veces lo evita, o lo elude todo lo que puede.

Craso error.

Porque el diálogo tiene, como mínimo, tres irreemplazables virtudes que no se consiguen (casi) de ninguna otra forma. Os dejo aquí estos tres beneficios, y, como suelo hacer, dejo el mejor para el final ;-)

1. El diálogo da fluidez y realismo a la historia

Hay algo que llama enseguida la atención del diálogo, al primer vistazo: el diálogo agiliza la narración. Porque sin él los párrafos se acumulan, lentos y perezosos, uno tras otro. Y la página queda saturada de letras, casi sin espacios en blanco.  Varias páginas sin diálogo incluso pueden comenzar a ser pesadas de leer, simplemente por una mera cuestión gráfica.

Aunque es cierto que cada cual tiene su estilo, sin embargo, aún así el diálogo es necesario para dar realismo a nuestra historia. Porque en esas páginas y páginas están sucediendo cosas: los personajes se mueven, viajan, descubren, deducen, actúan…e interactúan. Es poco probable que en tu historia no esté pasando nada entre varios personajes durante mucho tiempo. Y no incluir las palabras de esos personajes  le quita verosimilitud, supone negar al lector una parte fundamental de la historia.

Y os pongo un ejemplo para que veáis lo que quiero decir en el siguiente punto:

2. El diálogo nos muestra a los personajes y su carácter

Esta es una de las razones por las que el diálogo es absolutamente esencial… y, paradójicamente, por la que muchas personas suelen evitarlo. Porque claro, tener que pensar en el personaje en concreto, en cómo es, en qué desea, en qué oculta y en qué deja ver, significa dedicarle algo de tiempo.

Pero la recompensa merece la pena.

El diálogo nos ayuda a sentar las bases de la personalidad de nuestros personajes, valga la redundancia. Esto es lo que muchas veces me encuentro en mis talleres cuando alguien evita un diálogo:

«Paco le exigió a su mujer una explicación y Lola le dijo que había estado visitando a su hermana, pero él no la creyó»

Muy bien, le suelo decir yo. Pero, ¿cómo es Paco, cómo es Lola? ¿Qué palabras exactas dice cada uno de ellos? Porque esas palabras nos va a decir muchísimo no sólo sobre los personajes, sino sobre la situación en sí. Imaginad estos ejemplos:

Ejemplo 1:

«-¿Dónde demonios has estado, si se puede saber?-preguntó Paco. El aliento le olía a aguardiente.

-Cariño, ya lo sabes, fui… fui a casa de mi hermana.

-¡No me jodas con tu hermana, Lola, coño!-Paco dió un golpe en la mesa- ¡Y no te atrevas a mentirme a la cara, que sabes que no lo soporto!»

Bien, ahí tenemos a un posible Paco y a una posible Lola, y una posible situación.

Pero ahora, vamos a imaginar este otro ejemplo:

«-Hola, cariño-Paco besó a su mujer, que estaba escribiendo en el portátil-¿Dónde estuviste esta tarde? Se suponía que íbamos a vernos para comprar el regalo de mis padres.

-Ay, cielo, lo olvidé. Me fui a casa de mi hermana y ya sabes, se nos pasó la tarde charlando de esto y de lo otro.

-¿A casa de tu hermana?-Paco se sentó junto a ella en el sofá- Pero si ella trabaja los jueves, ¿no? ¿No habrás estado mirando pisos otra vez, verdad? Te conozco, brujilla…»

Y he aquí otro posible Paco, otra posible Lola y otra posible situación completamente distinta, definida sencillamente por los diálogos. Y lo gracioso es que la frase primera, la que no tiene diálogos, ¡es válida para los dos ejemplos! Y para miles más.

Pero incluso aunque la situación fuese la misma, la sospecha de una infidelidad, el talante violento del primer Paco podría no ser el mismo que otros posibles Pacos (que podrían ser inseguros, o fríos, o bromistas, o nerviosos), y el carácter de la primera Lola podría no ser el de otras Lolas (que podrían ser asertivas, directas, agresivas, juguetonas o mil cosas).

Y todo eso depende, única y exclusivamente, de las palabras que usen. Sin ellas, estamos perdidos: no vemos a los personajes, vemos una sombra chinesca del personaje. Una forma que recuerda a él, y a miles como él, haciendo algo que han hecho miles de personajes antes. Lo que les hace únicos es su personalidad y esa la demostramos con sus acciones y con sus palabras.

Por cierto, el el diálogo nos ayuda  también a definir las relaciones que hay entre los diferentes personajes (relaciones de poder, de amistad, de amor). No es lo mismo tener una conversación sobre fútbol entre dos amigos que si se trata de jefe y empleado, ¿verdad? La relación de superioridad de uno sobre otro se notaría en la forma en la que se dirigen, en lo que dicen y en cómo lo dicen.

Y vamos ya con el rasgo más importante del diálogo:

3. El diálogo atrae la atención del lector como un imán, porque sucede «aquí y ahora»

¿Os acordáis de cuando érais pequeños/as y leíais un libro? Tal vez alguno de «Los 5» o «Harry Potter» o «La historia Interminable»… ¿no os saltábais a veces párrafos e íbais directos a donde estaban los diálogos? No, no es que fuéramos ignorantes, muy al contrario: éramos perfectamente conscientes de que, si había diálogo, ahí estaba ocurriendo algo importante.

Y eso es así porque los diálogos son siempre escenas. Siempre nos muestran segundo a segundo lo que ocurre en la historia. Lo vemos delante de nuestras ojos, como una película, como la vida.

Los 3 beneficios irremplazables de usar diálogosOs cuento una anécdota que me sucedió hace tiempo. Tenía que reseñar el libro “La noche será larga“, de John David Morley. Empecé a leerlo con ilusión: un clérigo recibe una caja en la que hay un cuerpo, el cuerpo de un hombre que ha vivido 500 años. Intrigante, ¿verdad? El hombre comienza a contar su historia, y al poco me doy cuenta de que algo va mal.

Todo parece un largo resumen. El autor va narrando lo que ocurre, en pasado, en tercera persona (cero empatía con el lector, por tanto) y… sin un solo diálogo. Tras 25 páginas, empecé a pasar páginas adelante y contemplé, con horror, cómo los capítulos avanzaban uno tras otro sin diálogo ninguno. Las primeras 160 páginas sólo contenían cuatro líneas de diálogo.

La lectura era agotadora. No sólo porque faltaba el frescor de escuchar las voces de los personajes, o por lo largo de los párrafos, sino porque continuamente tenía la sensación de que estaba esperando que la historia comenzara.

Sin diálogos, -sin escenas, por tanto- la novela parece el resumen de otra historia.

¿Has visto hace poco alguna película que te dejara maravillado, hipnotizado, que te emocionara? Seguro que sí. Y tal vez intentaste contársela a algún amigo o amiga. Empezarías a decirle «mira, la película va de esto y hay un personaje que hace esto y luego dice esto otro». ¿Y qué pasó? ¿Se le puso a tu amigo/a la piel de gallina? ¿Se emocionó como tú en el cine o en tu casa cuando la viste?

Para nada. Seguro que no. Es imposible.

Una historia resumida, sin ver delante de ti lo que ocurre, segundo a segundo, sin oír a los personajes, sin ver sus gestos y sus reacciones, se disfruta muchísimo menos. Y cuando introducimos un diálogo es eso lo que -en parte- estamos haciendo: mostramos al lector lo que está ocurriendo instante a instante, y el lector está hipnotizado, esperando la siguiente línea de diálogo, la siguiente acción. El diálogo es una de las características de la escena, trae a tu historia al aquí y ahora, y por eso el lector no puede dejar de mirar.

¿Y tú? ¿Usas muchos diálogos en tus relatos o novelas? ¿Conocías sus beneficios? Cuéntamelo en los comentarios, me encantará saber tu opinión.

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